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Tus manos en mi piel se multiplican como magia... |
Cada
kilómetro que le acercaba más a él acrecentaba su cosquilleo interno, esa
sensación aguda y punzante en su centro más exacto, donde él se quedaba
prendido cada vez que se entrelazaban.
Avanzaba
hacia él, y sentía un deseo que quemaba cada poro de su piel y le hacía arder
la respiración, aumentando a medida que se acortaba el trayecto.
.-
Te voy a desnudar y te haré el amor antes de que pases el umbral de la puerta;
- le había prometido él.
Sabía
que sería así; jamás había salido una promesa de placer de sus labios que no
hubiera cumplido fervientemente. Era como un credo para ella, un dogma que no
se permitía jamás ni siquiera cuestionar, pues la fe que él le había enseñado a
tener en la delicia de sus encuentros, día a día, noche tras noche, lo había
convertido en una acto incuestionable: jamás dejaría de ser el acto más
pasional y vehemente que había concebido ella con un hombre.
Se
encontraron en la calle.
No
era el umbral de su puerta; en la calle.
Él
caminaba hacía ella, y ella ya había vuelto al estado natural en que se
encontraba cada vez que volvían a verse “por fin”: observándole caminar, cada
paso seguro, la caída de sus brazos al ritmo de sus pasos, esa cadencia al
andar que le daba ese aire tan masculino, tan encantador y seductor de forma
casi inconsciente para él, pero tan insoportablemente irresistible para ella.
Y
su sonrisa, la sonrisa que le dedicó en cuanto la vio.
Esa
sonrisa arrebatadora.
Y
volvieron las mariposas al estómago de ella, y volvieron las imágenes que había
recreado de él y ella esa noche que ya empezaba a materializarse.
Le
acompañaba su hermano, y avanzaban los dos hacia ella, adelantándose él para
recibirla.
En
cuanto estuvo a menos de un latido de ella, se abalanzó para sujetarla por la
cintura, abarcándola casi en toda su extensión con su brazo, de ese modo que
sólo él sabía hacer, haciéndole sentir un estado de posesión tan natural como
deseado a ella, la miró a los ojos por una fracción de segundo, diciéndole todo
lo que no podía pronunciar en voz alta con sus ojos, saludándola, recibiéndola,
contándole que él también estaba ahora por fin feliz de volver a estar juntos.
Y
la besó. Avalanzó sus labios sobre los de ella, los apretó con fuerza contra
los suyos, entreabrió la boca para darle un poco más de calor a ese beso que
pretendía ser leve y calmado por estar en la calle y ante su hermano, y la
acercó todavía más contra él con el brazo que la rodeaba.
Ella
elevó sus manos hasta sus hombros, haciendo un ejercicio interior de total
autocontrol para no mostrar demasiado en su cara todas las ansias, todo el
deseo contenido, hasta llegado el momento.
Y
se separaron con naturalidad, ella saludó a su hermano, enfilaron el portal que
les llevaba a casa.
Conversación
convencional mientras avanzaban por las escaleras, palabras banales por una
mente ocupada por demasiados pensamientos fugaces que no podían todavía tener
lugar, pero estaban muy próximos.
El
hermano se despidió de ellos una vez llegó a su piso, el anterior a de él, y
continuaron por las escaleras hacia “casa”.
A
ella le gusta pensar en ese lugar como “casa”, porque sólo allí, con él, a
solas, de día o de noche, haciendo el amor o preparando un plato de pasta, se
siente como en casa. Ya ni en ningún otro lugar consigue sentirse con esa total
sensación de calma y comodidad, porque ya en ningún sitio está su lugar sino
con él.
Y
por fín en casa.
De
las mil y una virtudes que él reúne, y que a ella la deslumbran, y la enamoran
siguiendo el ritual de una hormiguita, poco a poco, día a día, él eligió sacar
la de su caballerosidad a relucir, cargando su bolsa de viaje e incluso su
bolso, hasta llegar arriba.
Cada
uno de sus gestos, como ese, hacían de él un hombre hecho, nacido, y pensado
para ella; nada podía sacarla de ese pensamiento.
Entraron
a casa, dejó él las cosas de ella en la mesa de la cocina, alejándose de ella,
que permaneció en la puerta, ya cerrándola, mientras él desaparecía detrás de
la pared que ocultaba la cocina.
Pero
volvió a aparecer desde ahí, ella seguía inmóvil junto a la puerta, mirándole,
anticipando en su cabeza el siguiente movimiento que haría.
Lo
único que sabía es que lo haría en dirección hacia él.
Pero
él acortó la evolución de sus pensamientos, levantó la mirada, cambió su gesto
serio habitual por una sonrisa dulce otra vez, arrebatadora otra vez, y avanzó
hacia ella, hacia la puerta de la entrada, con un beso profundo asomándole en
los labios.
La
cogió de la cintura, estampó su boca en la suya, y comenzó a hacer realidad sus
promesas de esa tarde.
Sus
lenguas se entrelazaban en un continuo ir venir dentro de sus bocas, como
saludándose, como reconociéndose después de varios días sin poder saborearse, y
sus cuerpos se balanceaban al ritmo de los besos, con ese vaivén inconsciente
que produce la excitación y el placer de besar a quien tanto se desea.
Las
manos iban por libre, no atendían a ningún juicio ni razonamiento. Las de ella
están hechas para sentirle a él la piel, y exploraban, navegaban y grababan a
fuego en la mente de ella la calidez de su cuerpo, para que quedase el
recuerdo, como siempre, hasta el próximo encuentro. Las deslizaba por su nuca,
sujetaba el pelo de él, corto y suave, incrustando los dedos en él, y sintiendo
como se le escurría entre ellos. Las descendía, le sujetaba la cara para seguir
recibiendo sus besos, esos besos que sólo él le había sabido dar.
Besos
que prometen el cielo en cada unión de los labios; labios que juegan, queman y
acarician los suyos, antesala de su lengua; lengua que la invade a ella en su
boca, inundándola con su humedad, su movimiento y su sabor, en la misma
proporción en que el deseo de ella aumente e invade su mente.
Las
manos de él, diseñadas, creadas para hacerla desfallecer a ella de placer, la
sujetan con fuerza, la palpan, la acarician, la invaden, la exploran, la
aprietan, la vuelven a liberar, la marcan con su calor, le invitan a entregarse a quien no es otro que el dueño de
todas sus sensaciones.
La
sujetan por la cintura, bajan hasta su cadera, vuelven a su pecho, aprietan su
espalda, y regresan a su cintura.
Dibujan
su pecho con los dedos por encima de la camisa, se desesperan en su contacto
con la tela, y le arrancan la camisa, lanzándola al suelo, igual que se tira
con rabia algo que impide tener totalmente aquello que se desea.
Ahora
ella siente sus manos en su espalda, que
con un simple gesto experto desabrochan su sujetador y deja su pecho al aire,
enardecido deseando el contacto de sus
yemas.
Ella
adora ese momento en que su piel se vuelve a pegar a la de él, ese momento en
que siente su atípica temperatura corporal contra ella, ese calor que emana de
él y se proyecta sobre ella como el sol acaricia en verano la piel a través de
una ventana con las cortinas recogidas…
Adora
ese momento y lo sueña mil veces, adora y sueña mil veces y ansía otras tantas
miles de veces tener su calidez pegada a ella, cuando el día llega a su fín, y
se relaja, sola, en su cama, recreando mentalmente cada una de las cosas que
sólo él ha sabido hacerle sentir, y que la arrebatan de su serenidad si medita sobre
ellas.
Porque
siempre ha sido él. Nunca nadie como él. Nunca nadie más y mejor que él. Todo
lo que humanamente provocan las miles de sensaciones encontradas que un hombre
despierta en una mujer, se lo ha hecho sentir él.
A
veces, cuando le ha hablado de eso, él le ha hecho ver que podría tratarse de
una simple idealización de su persona, pero ella siempre le había rebatido. No
hay idealización en lo que él le inspira. Y si la hay, es porque no se puede
tener delante un ser que resulta adorable en todo lo que hace, y no adorarle.
Eso no puede hacerlo ella. En todo eso piensa ella.
Piensa
en todo eso sobre él mientras él continua explorando su pecho, ya desnudo, y
ahora ella comienza a pelear con los botones de esa camisa azul que él lleva, y
que tanto le gusta. Sólo faltan dos botones, y la prenda que le impide mecerse
en su piel estará fuera, pero él se precipita y se la arranca por la cabeza,
sin esperar más a que ella acabe de lidiar con la botonadura.
.-
“Arrebatador”; “la delicia en estado puro”. _piensa ella. No podría respirarse
más deseo entre ambos.